Esta mañana, después de dejar a mis hijos en el colegio, he ido a cruzar un paso de peatones y, cuando ya estaba en él, ha aparecido un vehículo con una señora al volante.

Y no ha parado.

Yo creo que ni siquiera me ha visto.

Si algo me ha impresionado ha sido su cara. Tenía la mirada puesta más allá… Supongo que por la prisa. Pero dudo si me ha visto.

Y, aunque comento esta anécdota, no es la primera vez que pasa un coche sin ver al peatón porque tiene la mirada fija en lo que vendrá después, sin mirar hacia lo que tiene delante. Esta escena la he vivido muchas veces, y algunas, con mis hijos.

Estas personas suelen conducir muy rápido, porque tienen prisa. Y la prisa es la excusa para casi todo en esta sociedad.

Podía haberme atropellado, y yo me pregunto si entonces hubiera parado. Y cuánto tiempo hubiera «perdido». Porque, claro, aquí la cosa va de tiempo.

Ese tiempo que es nuestro valor más preciado y del que no somos conscientes. Pero lo peor de todo es que sólo valoramos el nuestro, como si el tiempo de los demás no fuera tan necesario, o tuviera menos valor.

Así que no he podido evitar pensar en el planteamiento egocentrista que tenemos.

Y en el trayecto hacia casa he meditado sobre ello.

¿Cuánto vale tu tiempo?

¿Tu tiempo vale más que el mío?

Durante casi toda mi vida no le he dado el valor que mi tiempo tenía y lo he regalado muchísimo. Yo no valoré mi tiempo porque era sólo eso, tiempo. Y, sin embargo, el tiempo es todo. Es lo más valioso que tenemos, sin él no tenemos nada. Sencillamente, porque si no tuviéramos tiempo ni siquiera existiríamos.

Así que ahora valoro un poco más mi tiempo y ya no me sirve eso de «es que tú tienes tiempo y yo no».

No, tenemos el mismo tiempo. Tú lo inviertes en una cosa, y yo en otra. Esa es la diferencia.

Gracias a mis hijos elegí hace ya mucho regalarme tiempo. Y uno de esos regalos precisamente es ir cada día tranquilamente al colegio, y volver.

Pero a cambio de ese tiempo he renunciado a otras muchas cosas.

Es cuestión de prioridades. Todo en la vida es cuestión de prioridades. Cada uno tenemos las nuestras, y eso no nos hace mejores ni peores, simplemente marca nuestras diferencias.

Así que no, ya no admito la excusa del tiempo. Porque las prisas de otro pueden dañarme a mí sin querer. Porque yo gestiono mi tiempo como puedo y deseo, y tú también. Cada uno con sus circunstancias y su vida. Pero es así.

Así que, nuestro tiempo tiene el mismo valor. Mi tiempo vale lo mismo que el tuyo. Aunque yo sólo perciba el valor del mío, y tú sólo percibas el valor del tuyo.

Yo creo que si diéramos el mismo valor a los demás que a nosotros mismos, cambiaría mucho nuestro comportamiento. Y no sólo al volante, sino en todas las actividades y momentos de la vida.

Esos momentos del día que justificamos con todo lo que tenemos que hacer, dejando que todo eso nos afecte e influya también en los demás.

Y así, nos pasa la vida… sin darnos cuenta.

Feliz día,

Tere González Buetas

Pin It on Pinterest

Share This