Esa capacidad que tenemos para no responsabilizarnos de nuestros actos y pedir perdón sin hacerlo realmente.

Esa excusa que sale de nosotros como un fuego abrasador, escupiéndose al otro y empapándolo entero.

En realidad no se trata de culpables, sólo de responsables.

Consiste sólo en aceptar nuestra responsabilidad, sin excursarnos echando la mierda fuera. Sin que nuestros miedos, culpas y excusas recaigan en el otro.

Esas disculpas que después de recibirlas las sientes como un ataque hacia a ti, porque en realidad la persona no se ha disculpado, se ha defendido, atacándote.

¿Por qué nos resulta a veces tan difícil?

¿Por qué en lugar de realizar una introspección profunda buscamos todas las excusas que nos exculpen de nuestro error?

Para mí, la diferencia entre las personas es esa (entre otras muchas, claro). Esa capacidad de equivocarte y asumir humildemente que lo has hecho, desde el corazón. Asumiendo tu responsabilidad y omitiendo todo lo demás.

Porque aquí, cada uno jugamos nuestra guerra, y cada uno somos responsables de nuestros actos. Y todos, absolutamente todos, nos equivocamos.

Yo la primera.

A veces me cuesta, pero me esfuerzo en responsabilizarme y en mejorar, en no culpar al otro de lo que es únicamente mío.

Es difícil, pero necesario.

La diferencia entre las personas no está en sus errores, está en la forma en que se responsabilizan de estos. Hay quien prefiere no mirar hacia sí mismo y culpar al resto del mundo de todo. Y hay quien, aunque le duela, mira hacia dentro y acepta que se equivocó.

Esa es la mejor disculpa. La única disculpa.

Porque el resto no son disculpas, el resto sólo son culpas, más culpas.

Me quedo con esa disculpa sin culpa, y me quedo con esa persona. Esa persona que aunque se equivocó y quizás me hizo daño, esa persona se disculpó y me pidió perdón de la mejor forma que supo, desde el corazón.

Me quedo con esa persona, porque esa es la persona que de verdad no intentó convertirme en la responsable de sus errores. Esa persona me abrazó aún sin abrazarme, y sin darme cuenta, yo también.

Esa es la diferencia.

La disculpa sin culpa tiene magia.

Feliz día,

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