Son todos, pero todos no lo son.

¿Y a qué me refiero? A que todas las personas no son nuestros abuelos. Y que he visto como en alguna ocasión se utiliza en término peyorativo.

Y no lo entiendo.

Hemos llegado a un punto, quizás de estupidez, en el que no nos damos cuenta de que nuestros mayores hoy han sido nuestro sustento, nuestro engranaje… y siguen siendo fuente de sabiduría, de ancla y de amor.

Quizás ahora, desde la plenitud de nuestra vida nos sintamos algo superiores porque nuestras capacidades todavía no se han visto afectadas, pero esto no nos da derecho a sentirnos superiores, porque no lo somos.

En realidad, no somos superiores a nadie.

¿Somos conscientes realmente de lo que implica esto?

Implica tratar con el mismo respeto a los demás, el mismo respeto con el que te tratarías a ti mismo. Aunque quizás el fallo está ahí… se nos está olvidando hasta respetarnos a nosotros mismos.

Escribí hace un tiempo en el blog Mi Mundo con peques un post sobre este tema: Ninguneando a los niños: síndrome de la superioridad. Un post a raíz de una vivencia que yo mima presencié… Y que me hizo reflexionar.

Pues con las personas mayores pasa algo parecido.

Yo he tenido la grandísima suerte de disfrutar de mis cuatro abuelos. Y he disfrutado tanto que he vivido con ellos sus últimos años de vida (de los tres que sobrevivieron a una edad avanzada, porque una murió un poquito antes de necesitar vivir en casa con nosotros).

Me he sentido y me siento todavía muy unida a ellos. Y esto es algo que debo agradecer a mis padres, y sobretodo a mi madre, que es la que se ha encargado de la atención y cuidados.

Ese amor y ese respeto que han partido no de sus enseñanzas, sino de su ejemplo.

Mis padres han estado por y para ellos, y ese es el camino que nos han mostrado, y ese es el camino que me gustaría seguir.

Que no fue un camino fácil, no lo fue. Que esto sólo lo saben quienes conviven diariamente con personas que ya no están con todas sus facultades bien, también. Que me siento muy orgullosa de mi madre, también.

Esa labor silenciosa de cuidados un día tras otro… cuidados que van más allá de la alimentación o el baño, porque el día tiene veinticuatro horas y, al final, cuando se merman las capacidades físicas o cognitivas, la labor se convierte en sacrificio.

Y aún sabiendo todo esto, deseo estos cuidados para mis padres, aún sabiendo lo que implica, aún sabiendo lo que es.

Porque también tiene su parte bonita, que es la de la unión, la del amor. Tener a mis abuelos a mi lado me ha regalado miles de momentos, de recuerdos, de sentimientos… que son mi mayor tesoro.

Por eso me cuesta muchísimo entender esa frialdad a veces en los cuidadores o familiares, ese desapego, esa falta de empatía, de cariño, de respeto… Me cuesta entender el funcionamiento que han ido adquiriendo las residencias para personas mayores hoy en día.

¿De verdad queremos eso para nuestros seres queridos?

¿O es que se nos olvida quienes son? ¿Quienes han sido siempre?

A veces, para apoyarnos en nuestra decisión de no estar a su lado, pensamos eso de «no se entera de nada». Pero nosotros sí nos enteramos. Y ellos también.

Quizás no reconozcan quién está a su lado, pero lo sienten. Quizás no sepan decir los nombres o se hayan olvidado de hablar, pero sienten el amor y el cariño. Que no sepan expresar no quiere decir que no sientan.

Aún en el abismo más grande en el que se sumergen… sienten.

Sienten el cariño, el amor y el respeto con el que los tratas.

Hoy algo me ha removido por dentro y tenía que escribir sobre ellos, porque a día de hoy llevo a mis abuelos y a muchas personas mayores queridas en mi corazón.

Y porque llegará el día que mis padres lo serán. Mi marido y yo lo seremos. Y mis hijos lo serán.

Y esto es lo que quiero transmitir, lo que me transmitieron a mí.

Feliz día,

Tere González Buetas

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