Hoy comparto mi reflexión y experiencia con el miedo en sus diferentes versiones. Desde el miedo más básico hasta el más profundo. Comparto mi experiencia, mi reflexión y mi inflexión.

Pero antes de entrar en el tema, me apetece compartir contigo mis últimos descubrimientos respecto al post Mi abuela, yo y Teresa de Jesús. Lo que no sabía entonces y que ahora sí sé, y por qué es importante para mí.
Sobre genealogía y mi historia personal.

Grabar y escribir sobre mis miedos y mi sensibilidad es un #venciendomiedos en todo su esplendor, liberándome de mi vulnerabilidad al compartir desde mí.

Al final de este post encontrarás el reproductor para poder escuchar el audio. Te lo recomiendo incluso si lo has leído, aunque sea lo mismo no es lo mismo y siempre existen diferencias. Merece la pena escucharlo también. Escucharme.

mujer abrazándose

Han sido unos días llenos de emociones porque después de publicar el post (y podcast) he conseguido encajar una pieza importante de mi puzzle familiar: el nombre de mi tatarabuela.

Ya te expliqué un poco cómo era mi relación con mi propio nombre, te hablé de mi abuela y de mi tía bisabuela (la hermana de mi bisabuelo), porque ambas se llamaban Teresa, como yo.

Y nada es casualidad.

Al escuchar el episodio, mi tía me contó que mi tatarabuela (la madre de mi bisabuelo y tía bisabuela) también se llamaba Teresa.

Y ahí conecté una pieza importantísima, porque en la herencia de nombre y aunque sea como segundo nombre que nunca ha utilizado, mi propia tía y madrina, también se llama Teresa.

Y ahí lo tengo: por lo menos 5 generaciones de Teresas. La herencia del nombre ha llegado hasta mí.

Me impactó mucho conocer esto, y entendí más.

No sé cómo explicarlo, pero fue sentir un vaivén emocional tremendo, con mucha más necesidad de información. Porque, además, estoy haciendo mi árbol genealógico y todo esto me aporta más de lo que yo misma pudiera imaginar al principio.

Al final, la información sobre nuestros ancestros, conocidos o no, nos da mucha información sobre nosotros mismos… como poco, información sobre nuestros orígenes y sobre esas herencias que van más allá de lo material.

Nuestra historia personal, nuestro ADN.

Y desde ahí, quizás, podemos entendernos un poquito más a nosotros mismos, desde nuestras debilidades y fortalezas… conociéndonos más y aceptando nuestra historia, nos guste o no, y a nosotros mismos.

Y esto es algo que yo misma no he llevado muy bien… porque al final me doy cuenta que he idolatrado mucho y rechazado aquello que me hacía daño, incluso a mí misma.

Niña con timidez, abrazándose y con la cara escondida entre ella misma.

Sin saber cómo me fui llenando de miedos y ahora… ya consciente, empiezo a entenderlos y a plantarles cara.

Y si te hablo de miedo… ¿Qué te viene a la mente?

Miedo a volar.

Miedo al agua.

Miedo a que te pique un insecto.

Miedo a los perros.

Miedo a las alturas.

Miedo a la velocidad.

Miedo a equivocarte.

Miedo a hacer el ridículo.

Miedo al qué dirán.

Miedo a ser.

Qué terrible este último, y sin embargo es el origen y la base de todo. Nuestro miedo más profundo y desconocido.

Pues al final todos estos miedos, cualquier miedo, forma parte de algo mucho más profundo. Una herida que cargamos en nuestra mochila emocional y que sale a la luz de esa forma: como un miedo.

Hace unos años me hice consciente de la gran cantidad de miedos que me envolvían, y decidí empezar a enfrentarlos, mirarlos de frente por lo menos.

Y ahora, con más conciencia de mí misma, puedo ver el origen de todos ellos, que en su gran mayoría son el miedo al rechazo.

Ese miedo que va llenando de capas y capas y que al final te deja escondida y oculta entre tanta protección que te desprotege. Porque querer ser alguien que no eres no es la solución.

Pero siempre hay algo que emerge y, como me dijo mi madre el otro día, aún cuando yo pensaba que estaba oculta no lo estaba del todo, y mi yo emergía.

He intentado siempre adaptarme a los demás para ser aceptada y querida, para encajar.

Aprendí a hablar cuando tenía que hacerlo, a callar cuando no era apropiado hablar (fueron muchos los castigos en el colegio por esto precisamente), a hacer lo que tenía que hacer en cada momento y a intentar seguir los ritmos y tiempos que va marcando la sociedad… Pero al final, me planté.

Me he plantado. Y no es fácil.

Ni siquiera es fácil seguir caminando cuando estás en un bosque tan frondoso que apenas se ve la luz, por el que caminas sin saber ni siquiera a dónde vas a ir, ni mucho menos la salida.

bosque frondoso, con colores rojo, amarillo y verde

Pero qué necesaria esa mirada hacia adentro y esa búsqueda de mí misma.

Y ahora sí, atreverme a vivir sin capas ni pantallas protectoras, y a no necesitar la valoración más que de mí misma.

Sabiendo ahora que mi mayor fortaleza es a la vez mi mayor debilidad: mi sensibilidad.

Empezando a abrazarme y a entenderme por primera vez.

Y ahora me doy cuenta de que en mayor o menor medida esto nos sucede a todos, porque parece que prima lo externo a una misma, y negar u ocultar nuestros propios sentimientos y emociones.

Y detrás de todo esto, si lo miras bien, sólo hay una cosa: el miedo.

Nuestro propio miedo, que nos bloquea y dejamos que nos guíe.

Y si de algo me he dado cuenta es de que siempre está, de una forma o de otra. Porque al parecer, en esto consiste la vida. En ir avanzando y superando para crecer.

Para ser.

mujer abriendo los brazos al sol, amanecer o anochecer

Feliz día y feliz vida,

Tere González Buetas

Desde este reproductor puedes escuchar el podcast, simplemente dándole al play 🙂

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